26 Mar 2026
La organización también es práctica
Dogen sobre poder, servicio y responsabilidad dentro de una comunidad espiritual
Texto inspirado en las enseñanzas sobre el Chiji Shingi recogidas en el Eihei Shingi de Dogen. Puede leerse aquí la traducción completa de Chiji Shingi.
Solemos pensar que la organización es el «mal necesario» de la vida espiritual, cuando para Dogen es el escenario donde la práctica se vuelve real. Muchas comunidades se desgastan no por falta de conexión genuina con la enseñanza, sino por mala organización. Dogen entendió muy pronto que coordinar una sangha también pone a prueba la calidad de la práctica.
Hay comunidades que cuidan mucho la meditación, los rituales o el estudio, pero apenas reflexionan sobre su estructura organizativa. Se confía en la buena voluntad, se improvisan decisiones, se reparten tareas sin claridad, se evita hablar de poder y se da por hecho que la profundidad espiritual compensará la falta de organización. Esto rara vez sucede. Dogen, con notable realismo, dedica una gran parte de su shingi a quienes sostienen funciones administrativas. No porque le interese la burocracia, sino porque sabe que la calidad de una comunidad se revela también en su modo de coordinarse.
El problema humano que este capítulo aborda es doble. Por un lado, la fantasía de que organizar es algo secundario respecto de la vida espiritual. Por otro, el riesgo de que el ejercicio de responsabilidades se convierta en una forma de afirmación personal. Donde hay recursos, funciones, reconocimiento y capacidad de decisión, aparece inevitablemente la cuestión del poder. Negarlo no lo elimina; solo lo vuelve más inconsciente.
Tratar el poder con lucidez implica entenderlo como una función temporal, nunca como una identidad. Para Dogen, ocupar un cargo es una forma de práctica que requiere tomar decisiones firmes sin apropiarse del resultado. El peligro no es el poder en sí, sino el apego al lugar de decisión. Cuando el poder se vive desde la ecuanimidad, deja de ser un instrumento de autoafirmación para convertirse en el engranaje que permite que el Dharma pueda sostenerse y desplegarse.
Dogen intenta formar una actitud de servicio responsable. Quien administra no debería mandar para afirmarse, sino cuidar las condiciones del bien común. Esto requiere benevolencia, claridad, firmeza y ausencia de interés personal. Requiere también capacidad de cooperación, de escucha y de continuidad. No basta con ser buena persona ni con tener experiencia de meditación. La coordinación comunitaria requiere madurez práctica.
Muchos de los cargos concretos del texto pertenecen, por supuesto, al mundo monástico medieval. Los nombres, las funciones precisas y la estructura del templo no son exportables sin más. Pero el principio que organiza toda la sección sigue intacto: la organización no está fuera del Dharma. Cuando una comunidad reparte mal sus responsabilidades, comunica de forma opaca o concentra demasiado poder en pocas manos, el deterioro espiritual no tarda en aparecer.
Esta observación tiene hoy una importancia enorme. Numerosas comunidades se desgastan por su desorden operativo. Nadie sabe bien quién decide qué. Las tareas recaen siempre sobre los mismos. Los conflictos se posponen hasta que estallan. Las finanzas son opacas. Los relevos no existen. La persona más carismática termina absorbiendo funciones imposibles. Todo ello genera fatiga, resentimiento y dependencia. Dogen vería ahí no un problema externo, sino una falla en la comprensión de la Vía.
Cómo practicar hoy esta enseñanza no es una cuestión abstracta. Cualquiera que haya participado en una comunidad reconoce los síntomas cuando fallan estas cosas.
El primer paso es nombrar responsabilidades con claridad. Cuando no se sabe quién cuida qué, esa ambigüedad no produce libertad sino fatiga, ya que alguien acaba cargando con ellas, y nadie puede agradecer ni corregir lo que no tiene nombre. Dogen especifica funciones concretas no porque le guste el organigrama, sino porque sabe que la vaguedad genera dependencia y la dependencia genera resentimiento.
El segundo paso es reducir la improvisación crónica. Una comunidad necesita flexibilidad, sí, pero la improvisación permanente es otra forma de evitar la responsabilidad colectiva. Revisar periódicamente cómo se distribuyen las cargas, hacer rendición de cuentas sencilla y transparente, anticipar los relevos antes de que sean urgentes: todo eso es práctica. No es glamuroso, pero sostiene lo que sí lo es.
El tercero, y quizás el más difícil, es aprender a soltar la función cuando termina. Coordinar es un servicio temporal, no una identidad. Esto va en dos direcciones: quien ejerce una responsabilidad ha de recordar que no le pertenece, y la comunidad ha de crear condiciones para que ceder un cargo no parezca una pérdida. Cuando ambas cosas fallan, el relevo se vuelve traumático o simplemente no ocurre.
También conviene aprender a tratar el poder con más lucidez. Poder en este contexto significa capacidad real de afectar a otros y de orientar el funcionamiento común. Quien ocupa una posición de coordinación necesita práctica interior precisamente porque su margen de impacto es mayor. Sin trabajo sobre sí, la función fácilmente se contamina de susceptibilidad, control o apego al reconocimiento. Pero una comunidad que demoniza toda autoridad produce el problema contrario: nadie asume de verdad lo que hace falta sostener.
Hay aquí una enseñanza muy concreta para las sanghas contemporáneas. La transparencia es compasión. La claridad en los roles también lo es. La buena organización del tiempo y de los recursos es compasión. Esto no resuelve todos los conflictos, pero reduce sufrimiento innecesario y hace más honesta la vida en común. En ese sentido, organizar bien es otra forma de cuidar el Dharma.
Dogen también sugiere que la calidad de una persona se revela en cómo ejerce una responsabilidad. No solo cuando está en silencio o cuando habla de la enseñanza, sino cuando administra recursos escasos, cuando media en tensiones, cuando reconoce un error o cuando cede protagonismo por el bien del conjunto. La madurez espiritual se verifica en la mesa de trabajo, en una reunión difícil o en la manera de sostener un compromiso sin apropiarse de él.
Una comunidad que integra esta visión deja de oponer práctica y organización. Comprende que sin estructura el espíritu se dispersa, pero que sin espíritu la estructura se endurece. Mantener esas dos dimensiones en relación justa es una tarea delicada. Justamente por eso merece ser considerada parte del camino, y no un añadido molesto al margen de lo que creemos que es «verdaderamente importante».
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