Texto inspirado en el capítulo Bendoho del Eihei Shingi de Dogen. Puede leerse aquí la traducción completa de Bendōhō.

La forma, en Dogen, va dirigida a trabajar la tendencia del yo a ponerse siempre en el centro.

Uno de los rasgos característicos del Eihei Shingi es su insistencia en la forma: horarios, señales, gestos compartidos, modos de caminar y de mover el cuerpo dentro de un espacio común. Desde una sensibilidad moderna, esto puede despertar un rechazo instintivo. Sospechamos de la disciplina cuando degenera en rigidez, pero Dogen no defiende la forma por amor al control. La usa como medicina contra un problema mucho más profundo: el ego espiritual.

En el contexto espiritual el ego adopta muchas apariencias. A veces se presenta como “espontaneidad”, otras como “autenticidad personal” o como una alergia a toda estructura. En el fondo, la dinámica es la misma: yo quiero practicar a mi manera, a mi ritmo y bajo mis propios criterios. Dogen comprende que ahí el ego no desaparece; simplemente se vuelve más refinado. Incluso el deseo de “libertad” puede ser, paradójicamente, una forma de autoafirmación.

Por eso, Dogen trata de educar la capacidad de dejarse formar por un ritmo compartido. La vida común impone límites que no solo restringen, sino que protegen. La forma nos protege del capricho, de la volatilidad emocional, de la pereza que se disfraza de “intuición” y del narcisismo que se disfraza de “singularidad”. En una práctica sostenida junto a otros, el yo pierde margen para colocarse constantemente en el centro del escenario.

Lo que Dogen intenta cultivar es una no-excepcionalidad. No es una humillación del individuo, sino una salida de la obsesión por la propia preferencia. Hay que sentarse cuando toca sentarse; hay que entrar cuando toca entrar. Responder a una secuencia que no ha sido diseñada a nuestro gusto trabaja capas hondas del carácter. Nos muestra hasta qué punto confundimos la libertad con la posibilidad de no someternos a nada que no hayamos elegido previamente.

Naturalmente, las formas concretas del siglo XIII responden a un mundo histórico que no tiene sentido trasplantar literalmente. La función de la forma hoy puede consistir en sostener la continuidad de la práctica (gyoji) y bajar la importancia del yo. En sociedades acostumbradas a la personalización permanente, donde todo producto se adapta al consumidor, nos cuesta seguir un ritmo que no dependa de nuestro estado de ánimo. Queremos que la práctica se adapte a nuestra disponibilidad interna y, sin embargo, sin continuidad no hay profundidad. La vida espiritual se convierte entonces en un consumo discontinuo de experiencias, no en un camino de transformación.

Practicar hoy esta enseñanza no requiere una teatralización de lo monástico, sino acuerdos sobrios y firmes: horarios claros, puntualidad real, silencio cuidado y rituales sencillos pero consistentes. Compromisos que no dependan de si uno «tiene ganas». Nada de esto garantiza la madurez, pero su ausencia casi siempre la debilita.

La pregunta para una sangha contemporánea no es cuánto formalismo adoptar, sino qué tipo de contenedor necesitamos para que la práctica no se disuelva en la improvisación. Cada comunidad encontrará su medida, pero no debería olvidar que la forma adecuada es aquella que reduce la arbitrariedad y hace posible una atención más estable.

Existe, por supuesto, el riesgo de confundir la forma con la realización. Dogen no invita a idolatrar la disciplina externa; una comunidad puede ser impecable en sus modales y estar vacía de espíritu. Pero la solución no es abandonar la estructura, sino devolverle su propósito. La forma sana no aplasta, orienta. No suplanta el despertar, lo hace más accesible.

La libertad interior no consiste en poder hacer siempre lo que uno quiere, sino en ya no estar dominado por el deseo de que las cosas sean a mi manera. Cuando la forma común se vive desde ahí, deja de sentirse como una imposición y empieza a revelarse como una ayuda que desarma la ficción con la que solemos proteger al yo y lo mío.