Texto inspirado en las enseñanzas sobre el tenzo recogidas en el Eihei Shingi de Dogen.

En la tradición Soto Zen, cocinar no es una tarea secundaria, sino una prueba de madurez espiritual. Este texto relee esa intuición para una sangha contemporánea a partir de un malentendido especialmente persistente en la vida espiritual: creer que unas actividades son verdaderamente sagradas y otras meramente funcionales. Meditar, escuchar una enseñanza o participar en una ceremonia parecería pertenecer al centro de la práctica, mientras que cocinar, limpiar o gestionar suministros quedaría relegado a una periferia menos noble. El primer gran gesto de Dogen consiste en negar esa separación.

Cuando escribe sobre el tenzo, el responsable de la cocina monástica, no está ofreciendo solo instrucciones operativas. En el Tenzo Kyokun, uno de sus textos más conocidos, insiste en que esta función exige una mente tan clara y comprometida como la de cualquier responsable de la práctica. Está corrigiendo una visión entera del camino al recordarnos que el despertar no existe al margen de las condiciones materiales que sostienen la vida común. La cocina no es un lugar secundario en la práctica; es uno de sus lugares más importantes.

Dogen percibe que el desprecio por el trabajo invisible no es solo un defecto organizativo, sino una deformación espiritual. En cualquier comunidad tendemos a valorar lo que otorga prestigio, dejando que lo silencioso se dé por supuesto. Sin embargo, cuando esas tareas se descuidan, toda la comunidad se resiente. El Dharma no flota en el vacío: se encarna en el cuidado de lo pequeño y en el respeto por los objetos. Dogen nos exhorta a cuidar los utensilios —las ollas, los cuencos, las herramientas— como si fueran nuestros propios ojos, rompiendo la inercia de tratar el mundo material como un simple recurso desechable.

Esta visión nos lleva directamente al corazón de la interdependencia. No somos islas practicando en aislamiento; la mente del que cocina y la mente del que medita están unidas por hilos invisibles pero muy reales. Dogen nos habla de cultivar las “Tres Mentes” como base de esta labor: la Mente Alegre (Kishin), que brota del agradecimiento por poder servir a la comunidad; la Mente de Madre (Roushin), aquella que cuida los ingredientes y los utensilios con una ternura y un desvelo absoluto, tratándolos como si fueran sus propios ojos; y la Mente Magnánima (Daishin), una mente tan vasta como el océano, capaz de trabajar con la misma entrega ante una abundancia de manjares o una escasez de granos, sin prejuicios ni favoritismos.

La actitud con la que se encarnan estas mentes se transfiere inevitablemente a lo que se prepara. Cocinar con una mente agitada o resentida es ofrecer un alimento que carece de la nutrición del Dharma…

La actitud con la que se manipulan los alimentos se transfiere inevitablemente a lo que se prepara. Cocinar con una mente agitada o resentida es ofrecer un alimento que carece de la nutrición del Dharma. Por el contrario, cuando el tenzo manipula los ingredientes con una mente estable, cada gesto se convierte en una forma de ofrecer la práctica a toda la comunidad. Es una transferencia de mérito a través del servicio concreto.

Aunque muchos detalles de estos textos pertenecen a un contexto monástico medieval, el núcleo permanece: ninguna tarea necesaria para el bien común es espiritualmente inferior. En una cultura que premia la visibilidad y el reconocimiento inmediato, esta intuición adquiere una vigencia radical. Una comunidad empieza a vaciarse cuando el trabajo común se considera una carga para algunas personas y un derecho para otras.

Practicar hoy este capítulo exige dignificar las tareas que sostienen la práctica compartida. En una comunidad moderna, tenzo es toda persona que custodia las condiciones materiales del despertar común: quien ordena los cojines, prepara la sala, gestiona un calendario o limpia. Allí también se expresa la Vía. Una comunidad madura no mide la dignidad de su práctica por la sofisticación de sus medios; puede haber mucho ego en una estética impecable y mucho Dharma en una sobriedad bien cuidada.

Al final, la pregunta que este legado nos plantea es sencilla: quién está haciendo el trabajo invisible y con qué espíritu se realiza. Cuando esas tareas se llevan a cabo con atención y se reconocen como parte integral del camino, la estructura cotidiana deja de ser un estorbo y se convierte en su expresión más honesta. Lo importante no es solo que haya alimento, sino cómo se reparte y desde qué mente se ofrece, porque el despertar solo se vuelve creíble cuando toca, con delicadeza y rigor, la materia misma de la vida cotidiana.