Hay una paradoja que casi todo practicante de zen termina encontrando en su camino, aunque rara vez la reconoce a tiempo: podemos convertir en objeto de apego precisamente aquello que se supone que nos enseña a soltar el apego. Nos apegamos al zafu, a zazen, al silencio del dojo, a los horarios del retiro, a la manera correcta de hacer una reverencia o de vestir el rakusu. Nos apegamos al maestro, a la Sangha, incluso a la idea de estar practicando correctamente. Y este apego resulta particularmente difícil de detectar porque no se presenta como un problema, sino como una virtud. No pensamos «estoy apegado»; pensamos «esto es el zen verdadero».

Las formas importan. En la tradición Sōtō Zen no practicamos de cualquier manera. Existe una forma de sentarse, de caminar en kinhin, de entrar en el dojo, de comer durante un retiro, de relacionarnos con los objetos y con las personas que nos rodean. Estas formas no son un adorno cultural superpuesto a la verdadera práctica, como si debajo de ellas hubiera un zen «puro» al que pudiéramos acceder prescindiendo de la coreografía. Las formas son la práctica. Cuando hacemos una reverencia, es el cuerpo entero el que se inclina. Cuando caminamos en kinhin, simplemente caminamos. La forma contiene y educa el cuerpo, y nos saca de nuestra permanente improvisación egocéntrica, ese impulso a hacer las cosas «a mi manera» porque me resulta más cómodo o porque creo saber mejor. Entregarnos durante un tiempo a una forma que no hemos inventado nosotros mismos es ya, en sí, una enseñanza profunda sobre el ego y sus resistencias.

El problema no está en la forma. Está en el momento en que confundimos la forma que señala la Vía con la Vía misma.

Zazen durante el retiro

El caso particular de zazen

Esto ocurre con especial intensidad en torno a zazen, porque zazen no es una técnica de meditación entre otras: es la expresión central de la práctica. Nos sentamos día tras día, retiro tras retiro, año tras año. Y es precisamente esa centralidad la que lo convierte en material privilegiado para construir una identidad. Yo hago zazen todos los días. He hecho tantos retiros. Puedo permanecer tantas horas sentado sin moverme. Si no hago zazen en un retiro porque se me asigna otra tarea no estoy participando el retiro.

Quizá no lleguemos a tomar conciencia de lo que estas frases están señalando. Se instalan en algún rincón de nuestra identidad, funcionando como una medida invisible de cuánto valemos como practicantes.

Esta imagen identitaria se puede romper por muchos motivos. Aparece una lesión, una enfermedad, el agotamiento acumulado, o simplemente la edad. Hay que usar una silla. Hay que deshacer la postura antes de que suene la campana. No se puede completar todas las sentadas de un retiro. O asumimos una responsabilidad —cocina, limpieza, cuidado de otra persona— que nos mantiene fuera del dojo mientras el resto de la Sangha está sentada. Y algo dentro de nosotros se rebela, aunque sea en silencio: estoy haciendo menos zazen. Y debajo de esa frase, casi sin que la notemos, aparece otra bastante más reveladora: estoy practicando menos. Soy menos practicante.

Merece la pena detenerse justo ahí, en ese instante exacto, porque es donde se hace visible que habíamos convertido zazen en una medida. Y en cuanto algo se convierte en medida, empezamos a medirnos con ella.

El personaje del buen practicante

El ego tiene una capacidad casi ilimitada de adaptación. Puede construir una identidad alrededor del dinero, del prestigio, del aspecto físico o de la carrera profesional. Pero también sabe construirla alrededor de la espiritualidad, y lo hace incluso con una práctica cuyo propósito explícito es dejar de alimentar continuamente una identidad separada. Así nace, casi sin que lo advirtamos, el personaje del buen practicante zen: disciplinado, capaz de aguantar, conocedor de las formas, siempre presente en todos los zazenes, inmóvil, exacto en cada reverencia, versado en los sutras, con muchos años de práctica a sus espaldas.

Nada de esto tiene nada de malo en sí mismo. La disciplina, la perseverancia y el conocimiento de las formas son frutos naturales de una práctica sostenida en el tiempo, y sería absurdo despreciarlos. El problema aparece cuando necesitamos esas cosas para saber quiénes somos. Porque entonces basta con perderlas, aunque sea temporalmente, aunque sea por una razón tan legítima como el cuerpo cansado o una tarea necesaria, para sentirnos amenazados. No poder hacer zazen como antes puede producir una sorprendente sensación de inferioridad. Sentarse en una silla mientras los demás usan zafu puede incomodarnos más de lo que estamos dispuestos a admitir. Romper la postura porque el cuerpo ha llegado a su límite puede sentirse como un fracaso personal. Y permanecer en la cocina mientras suena la campana del dojo puede dejarnos con la sensación de que el verdadero retiro está ocurriendo en otra parte, sin nosotros.

Pero cabe preguntarse: ¿qué clase de práctica sería aquella que solo pudiera sostenerse cuando se dan exactamente las condiciones que preferimos?

La forma como recipiente

Las formas zen funcionan como recipientes, y todo río necesita un cauce. Una práctica completamente abandonada a nuestras preferencias termina, casi sin excepción, convertida en aquello mismo que ya hacíamos antes de empezar a practicar: seguir nuestros propios impulsos disfrazados ahora de espiritualidad. Por eso existen los horarios, las campanas, la postura, las ceremonias, las formas transmitidas durante generaciones de maestro a discípulo. Pero un recipiente sirve porque contiene algo; no practicamos zen para convertirnos en especialistas en recipientes. Las formas nos enseñan presencia, atención, entrega, interdependencia, la renuncia a la apropiación constante. Nos ayudan a dejar de negociar permanentemente con nuestras propias preferencias. Por eso las respetamos.

Pero respetar una forma no significa idolatrarla. Hay una diferencia entre realizar una forma y aferrarse a ella. Cuando la forma se convierte en criterio absoluto, corremos el riesgo de terminar defendiendo con uñas y dientes precisamente aquello que debía ayudarnos a soltar. Y ahí aparece una paradoja genuinamente zen: utilizar el desapego mismo como vehículo de un nuevo apego.

¿Entonces todo da igual?

No. Esta sería la conclusión más cómoda, y también la más equivocada. Reconocer que podemos apegarnos a las formas no significa que las formas sean prescindibles. Decir que zazen puede convertirse en objeto de apego no significa que dé igual sentarse que no sentarse. Es muy tentador convertir el desapego en una coartada para hacer siempre lo que nos apetece: no necesito levantarme para zazen porque no estoy apegado a las formas; no necesito seguir el horario porque el verdadero zen está en todas partes; no necesito practicar porque, total, todo es práctica. Este razonamiento puede sonar profundo durante aproximadamente cinco minutos. Después, si somos honestos, solemos descubrir que coincide de manera sospechosa con nuestras propias comodidades.

La libertad respecto a las formas no consiste en prescindir de ellas cuando nos molestan, sino en poder entregarnos completamente a ellas sin convertirlas en una identidad. Sentarnos cuando toca sentarnos. Caminar en kinhin cuando toca caminar. Trabajar cuando toca trabajar. Descansar cuando realmente lo necesitamos. Y aceptar que, algunas veces, mientras otras personas hacen zazen, nuestra práctica consiste, esta vez, en hacer otra cosa.

La campana que suena para otros

Durante un retiro esta dinámica se vuelve especialmente visible. Imaginemos que hemos asumido una responsabilidad —cocina, organización, atención a otras personas— necesaria para sostener la práctica colectiva. Suena la campana. La Sangha entra en el dojo. Nosotros nos quedamos fuera, sabiendo exactamente qué está ocurriendo al otro lado de la puerta: el silencio después de las tres campanadas, los cuerpos hallando su postura, la madera sonando cuando termina el periodo. Y queremos estar allí. Ese deseo, en sí mismo, no tiene nada de malo; puede ser, sencillamente, expresión de nuestro amor por zazen.

Pero conviene observar con atención lo que sucede alrededor de ese deseo. ¿Sentimos que lo verdaderamente importante está ocurriendo allí dentro, y que nosotros nos lo estamos perdiendo? ¿Consideramos nuestra tarea una interrupción de la práctica, en lugar de una forma de ella? ¿Nos sentimos, aunque sea levemente, menos practicantes porque hoy acumularemos menos horas sobre el zafu? La campana que no suena para nosotros puede enseñarnos algo que quizá jamás habríamos descubierto sentados: nos revela nuestro propio apego a zazen. Y descubrir ese apego, también es práctica.

Sin caer en el extremo contrario

Conviene no resbalar hacia la conclusión opuesta. «Cocinar es zazen.» «Trabajar es zazen.» «Todo es zazen.» No exactamente. Cuando cocinamos, cocinamos; cuando trabajamos, trabajamos; cuando descansamos, descansamos; y cuando hacemos zazen, hacemos zazen. No necesitamos llamar zazen a cualquier actividad realizada con atención para reconocer que la Vía no queda encerrada dentro del dojo. Precisamente porque zazen tiene su forma, su lugar y su singularidad, no hace falta diluirlo hasta volverlo sinónimo de todo lo demás. La pregunta que de verdad importa es otra: ¿qué aprendemos sentándonos, si aquello que aprendemos desaparece en cuanto nos levantamos del zafu?

Soltar incluso el zen

Durante años, las formas pueden sostenernos. Nos enseñan, nos corrigen, nos muestran nuestros automatismos, nos ofrecen un cauce cuando nuestra práctica todavía es inestable. Y seguimos practicándolas. Pero, poco a poco, algo cambia. Seguimos haciendo la reverencia, aunque ya no necesitamos que nuestra identidad dependa de hacerla perfectamente. Seguimos entrando en el dojo cuando suena la campana, pero si un día no podemos entrar, ya no sentimos que hemos quedado fuera de la Vía. Seguimos sentándonos con toda nuestra entrega, pero dejamos de usar las horas sobre el zafu como una contabilidad espiritual.

La forma no desaparece en ese proceso. Se vuelve transparente. Seguimos sentándonos, inclinándonos, escuchando la campana, cuidando cada gesto, pero empezamos a comprender que ninguna de esas cosas nos convierte en mejores practicantes que quienes hoy, por la razón que sea, no pueden hacerlas.

Zazen sigue siendo zazen: central, insustituible, sencillo. Y precisamente es por eso por lo que no necesitamos poseerlo. Nos sentamos cuando nos sentamos. Nos levantamos cuando nos levantamos. Y cuando la campana suena y, por la razón que sea, esta vez no es para nosotros, podemos escucharla sin sentir que la Vía está ocurriendo en otra parte. Porque después de tantos años buscando la postura correcta, el lugar correcto, el silencio correcto, la forma correcta, terminamos descubriendo algo mucho más difícil de aceptar: que también hay que aprender a soltar aquello que amamos. Incluso zazen.