Practicantes sentados en silencio durante el Ango 2026

Hace unas semanas vino a practicar al dojo una persona que llevaba años en otra tradición. Era amable, respetuosa y estaba claramente comprometida con su camino. Allí estaba acostumbrada a meditaciones guiadas, a cantos, a visualizaciones y a una variedad de técnicas que se sucedían a lo largo de la sesión. Al terminar zazen, tras unos minutos de conversación, me dijo con sinceridad que la práctica le había parecido excesivamente sobria. Esperaba que en algún momento sucediera algo más y, al ver que no, me preguntó si era solo eso. «¿Y ya está?», repitió, sin ánimo de reproche.

Su pregunta me pareció honesta y, sobre todo, muy comprensible. Me hizo pensar que no la formulaba solo ella. En alguna medida la llevamos todos dentro.

Estamos acostumbrados a consumir experiencias y a buscar algo que nos sorprenda, y ni siquiera el silencio ha escapado a esa lógica. Hay meditaciones para cada estado de ánimo, técnicas para alcanzar determinados niveles de conciencia, sonidos que prometen transformar la mente y objetos a los que se atribuyen propiedades especiales. Parece que ya no basta con sentarse en silencio. Y, sin embargo, eso es precisamente lo que propone el zen.

En la tradición Sōtō, la práctica de zazen es de una sencillez desnuda. Bastan un cojín, una postura estable, la respiración natural y la disposición a permanecer presentes sin perseguir nada especial. Nos sentamos, permanecemos y respiramos. Cuando aparecen los pensamientos, las emociones, el aburrimiento o el deseo de estar haciendo otra cosa, no necesitamos convertirlos en enemigos ni buscar una técnica para eliminarlos. Continuamos practicando.

Esta sencillez puede desconcertar, especialmente a quien llega esperando una experiencia que confirme sus expectativas espirituales, porque el zen nos deja sin demasiadas cosas con las que distraernos. Cuando una práctica nos resulta demasiado simple, sentimos la tentación de añadirle algo, ya sea una técnica nueva, una explicación más sofisticada, un ritual especial o una meta que nos permita medir los progresos. Queremos sentir que avanzamos, y cuando no sucede nada interesante empezamos a sospechar que nos falta algo. Pero ¿y si esa necesidad constante de añadir fuera precisamente lo que necesitamos observar? ¿Y si nuestra dificultad para permanecer en silencio, sin estímulos ni recompensas, nos estuviera mostrando algo importante sobre nuestra relación con la vida? El zen no pretende entretenernos mientras practicamos. Nos permite reconocer esa necesidad de entretenimiento sin tener que satisfacerla continuamente.

Existe además una tendencia muy extendida a identificar lo profundo con lo complicado. Una enseñanza parece más valiosa cuando utiliza palabras difíciles, describe estados de conciencia singulares o presenta un elaborado sistema de etapas. En cambio, sentarse en silencio, caminar atentamente, limpiar el suelo o preparar la comida pueden parecernos actividades demasiado ordinarias para constituir una vía espiritual. Una de las aportaciones centrales del zen consiste en cuestionar esa separación. La práctica no comienza cuando abandonamos la vida cotidiana para entrar en un espacio sagrado. Sucede aquí, en esta vida concreta, en nuestra manera de sentarnos, de trabajar, de escuchar y de relacionarnos con los demás.

Dōgen, que trajo la escuela Sōtō a Japón en el siglo XIII, formuló esta idea con gran precisión. Práctica y realización no son dos acontecimientos separados. No practicamos como un medio para alcanzar, algún día, un estado superior, y la práctica misma expresa el despertar. Su insistencia en el shikantaza, sentarse sin más, sin objeto ni ganancia, no era una austeridad añadida sino la consecuencia lógica de esa no-dualidad. Desde esta perspectiva, la sencillez no es una etapa preliminar que haya que superar para acceder a enseñanzas más sofisticadas. Es una expresión de lo esencial.

Conviene aclarar, sin embargo, que la sobriedad del zen no significa ausencia de formas ni rechazo de la belleza. En nuestros dojos utilizamos cojines, campanas, incienso y vestimentas, recitamos sutras, hacemos postraciones y seguimos formas transmitidas durante generaciones. Las formas no son un obstáculo sino el cauce por el que la práctica se transmite y se comparte. Nos ayudan a armonizar el cuerpo y la mente, a desarrollar la atención y a expresar respeto. El problema comienza cuando confundimos la belleza del ritual con la profundidad de la práctica, o cuando creemos que los objetos y las vestimentas nos convierten en personas más espirituales. Una ceremonia puede ser expresión sincera de la práctica o una representación que alimenta nuestra identidad, y una campana puede despertar la atención o convertirse en un objeto al que damos una importancia desproporcionada. La diferencia no está en el objeto, sino en la relación que establecemos con él.

Aquí aparece una paradoja que no conviene pasar por alto. También podemos convertir la sencillez en objeto de apego. Podemos sentirnos superiores porque practicamos sin música, porque nuestros rituales son más austeros o porque consideramos nuestra forma de practicar más auténtica que la de otros. Entonces la sobriedad se transforma en una identidad y en una manera más sutil de alimentar el orgullo espiritual. Aquello que debía ayudarnos a soltar lo innecesario se convierte en un nuevo aferramiento. En ocasiones, la forma más evidente de apego consiste en querer tener algo, y en otras, en sentirnos orgullosos de no necesitarlo.

Por eso la sobriedad no consiste en competir por ver quién necesita menos, ni en despreciar las formas de práctica de otras tradiciones, de las que tanto podemos aprender. Tampoco implica una actitud severa o puritana, como si la alegría o el disfrute fueran obstáculos para el despertar. No hay virtud en hacer las cosas más difíciles de lo necesario. La incomodidad no nos hace más conscientes, y la austeridad exterior no garantiza libertad interior. Se puede vivir con muy pocos objetos y seguir profundamente apegado a las propias opiniones, a la propia imagen o a las propias certezas. La verdadera sobriedad tiene que ver con la libertad más que con la renuncia. Se trata de descubrir hasta qué punto necesitamos ciertas condiciones para estar en paz y de dejar de atribuir a los objetos un poder de transformación que no poseen por sí mismos.

A quien me preguntó si eso era todo, debí responderle que sí, y que ahí está la dificultad. Hay sesiones de zazen agradables, en las que el cuerpo está tranquilo y la respiración fluye, y otras incómodas, aburridas o aparentemente inútiles. No siempre encontramos paz ni descubrimos algo nuevo, y no pasa nada. Hemos aprendido a valorar casi todo por las sensaciones que nos proporciona. Si algo nos hace sentir bien, lo repetimos; si nos incomoda, lo cambiamos; y si nos aburre, buscamos una novedad. Esa lógica se infiltra también en la práctica, y entonces llegamos al dojo esperando tranquilidad o una emoción profunda, y cuando no llega aparece la decepción. No porque la práctica haya fracasado, sino porque habíamos convertido nuestras expectativas en la medida de su valor.

Zazen nos permite ver cómo funciona nuestra mente cuando no obtiene lo que desea. Cuando aparece el aburrimiento, podemos observarlo sin buscar una distracción. Cuando surge la impaciencia, podemos reconocerla sin obedecerla. Cuando deseamos alcanzar un estado especial, podemos ver ese deseo sin convertirlo en el centro de la práctica. No se trata de soportar heroicamente el sufrimiento ni de ignorar nuestras necesidades reales, sino de aprender a no estar permanentemente gobernados por nuestras preferencias, y eso exige una honestidad que ningún artificio puede sustituir.

Es frecuente que quien empieza a practicar pregunte qué viene después de aprender a sentarse, cuál es la siguiente técnica o el siguiente nivel. Es una pregunta natural, porque estamos acostumbrados a pensar que aprender es avanzar hacia contenidos cada vez más complejos. En el zen existe, por supuesto, un camino de formación que puede acompañarnos toda la vida, con el estudio de las enseñanzas, la relación con un maestro, la comunidad y la práctica de los preceptos. La sencillez de zazen no hace innecesario todo lo demás. Pero profundizar no significa necesariamente añadir. Muchas veces significa soltar lo que hemos ido acumulando, como nuestras ideas sobre cómo debería ser la meditación, nuestra necesidad de resultados y la imagen que hemos construido de nosotros mismos como practicantes. La práctica se vuelve más sencilla no porque hayamos dejado de aprender, sino porque empezamos a ver cuánto de lo que añadíamos era innecesario.

La espiritualidad contemporánea corre el riesgo de ser una forma más de consumo. Acumulamos retiros, enseñanzas y experiencias como antes acumulábamos otros bienes, e incluso construimos una identidad alrededor de ser practicantes. Pero nada de eso garantiza una comprensión más profunda. Se pueden conocer de memoria numerosos textos y no soportar una crítica, o participar en ceremonias de gran belleza y tratar con poca consideración a quienes conviven con nosotros.

Y la sobriedad del zen no se agota en la sala de meditación. Los preceptos no son un añadido moral que se suma a zazen desde fuera, sino la forma que adopta la atención cuando sale del cojín y se encuentra con otro rostro. Suenan elementales, y lo son, pero los incumplimos a diario, a menudo sin darnos cuenta y a veces con excusas espirituales. Se puede meditar durante años y seguir hablando de los demás a sus espaldas, o usar la práctica para justificar la propia dureza. La madurez se manifiesta de forma mucho más discreta, en escuchar sin defendernos constantemente, en reconocer nuestros errores, en cuidar de quienes nos rodean y en responder con más lucidez a lo que la vida nos presenta. La ética no es el adorno de la práctica sino su prueba, y esa prueba no se pasa en la sala, sino en la cocina, en la calle, en la conversación difícil y en el silencio que elegimos no llenar con una respuesta hiriente.

En una sociedad que compite constantemente por nuestra atención, sentarse en silencio sin consumir ni producir nada puede parecer un gesto casi incomprensible. Tampoco convirtamos esa quietud en una hazaña. No demostramos fortaleza ni acumulamos méritos por resistir más tiempo sin distracciones. Nos sentamos porque esa es nuestra práctica. Podemos apreciar la belleza de una ceremonia sin aferrarnos a ella, estudiar las enseñanzas sin hacer del conocimiento una forma de superioridad y usar las formas tradicionales sin confundirlas con aquello a lo que apuntan.

Por eso la práctica resulta tan exigente. Cuando desaparecen los adornos y las expectativas, nos encontramos frente a algo que no siempre sabemos cómo habitar, nuestra propia vida, con sus días planos, sus personas difíciles y sus tareas sin brillo. La sencillez del zen no consiste en empobrecer la experiencia, sino en dejar de añadirle aquello que creemos que le falta.

Un cojín. Una pared. Una postura.

Nada que añadir.

Daizan Soriano