21 Mar 2026
Aprender sin poner siempre el ego por delante
Qué puede seguir vivo hoy del respeto a los mayores en la tradición de Dogen
Texto inspirado en las enseñanzas sobre el Taidaiko Gogejariho recogidas en el Eihei Shingi de Dogen. Puede leerse aquí la traducción completa de Taidaiko Gogejariho.
Leído críticamente, este texto de Dogen no invita al servilismo, sino a recuperar algo más raro de lo que parece: la capacidad de recibir experiencia, corrección y orientación sin reaccionar desde el yo.
Pocas cosas incomodan tanto al lector moderno como los pasajes tradicionales sobre deferencia y jerarquía. La sospecha no es gratuita: sabemos demasiado bien hasta qué punto el lenguaje del respeto puede encubrir abusos, silenciamientos y estructuras de poder enfermizas. Por eso cualquier lectura contemporánea del capítulo dedicado al trato con instructores mayores debe comenzar con una cautela real. No se trata de restaurar obediencias ciegas ni de romantizar relaciones desiguales.
Pero si dejamos a un lado demasiado rápido esta sección, nos perdemos algo importante en nuestra tradición. El problema humano que Dogen aborda aquí no es simplemente la disciplina externa, sino la dificultad de aprender sin que el ego se interponga de inmediato. Nos cuesta reconocer experiencia. Nos cuesta recibir corrección. Nos cuesta aceptar que una vía se transmite y no nace de cero cada vez que nosotros aparecemos en escena. Una cultura muy centrada en la igualdad formal olvida con facilidad la importancia de la asimetría pedagógica.
La actitud que Dogen intenta formar es la receptividad. Respeto, sí, pero entendido como capacidad de recibir. Recibir una indicación, una observación, una forma, una memoria de práctica. No hacer del propio criterio el árbitro absoluto. No competir continuamente con quien enseña. No entrar en una tradición solo para rediseñarla a nuestra medida antes de haberla comprendido mínimamente. Visto así, el respeto no es humillación: es disponibilidad.
Es evidente que muchas formas concretas de deferencia que aparecen en el texto pertenecen a un contexto histórico muy específico y no deberían trasladarse literalmente. Rangos, antigüedad, códigos minuciosos de trato, etiquetas de noviciado: todo eso responde a un mundo monástico distinto del nuestro. Pero, una vez distinguido lo contextual, emerge un núcleo plenamente actual. Ninguna comunidad puede madurar si es incapaz de reconocer experiencia sin caer, por ello, en idolatría.
Ese equilibrio es difícil. Por un lado, una autoridad no revisada se corrompe con facilidad. Por otro, una comunidad que desconfía automáticamente de toda orientación acaba condenada a la improvisación permanente. Dogen no resuelve mágicamente esa tensión. Hace falta respeto sin servilismo, autoridad sin abuso y escucha sin anulación del juicio. Lo cual exige más madurez, no menos.
En una sangha contemporánea, practicar este capítulo podría significar algo tan concreto como recuperar un lenguaje de cortesía, abrir espacios claros para la orientación y aprender a pedir consejo sin vivirlo como una derrota narcisista. También significa que quienes ocupan lugares de referencia deben ser dignos de confianza, transparentes en sus límites y responsables ante la comunidad. El respeto solo es sano cuando no se usa para blindar el poder.
Hay además una dimensión temporal que Dogen protege y que hoy conviene rescatar. La práctica necesita memoria. Necesita personas que recuerden cómo se ha sostenido una forma, cómo se han atravesado crisis, cómo se han cometido errores y qué aprendizajes se han sedimentado con el tiempo. Sin esa memoria encarnada, cada grupo está condenado a repetir torpemente el mismo ciclo de entusiasmo, conflicto y olvido. Respetar a quienes llevan más tiempo no es solo valorar individuos; es reconocer el peso de una continuidad.
Esto no implica que el veterano tenga razón por definición. Implica, más modestamente, que su experiencia merece una escucha que no se cierre de antemano. La igualdad espiritual última no elimina las diferencias pedagógicas concretas. Confundir ambas cosas produce comunidades inmaduras, donde toda indicación se vive como imposición y toda autoridad como amenaza.
En el fondo, este capítulo nos pregunta si sabemos recibir. No solo enseñanza formal, sino corrección, límite, herencia y experiencia ajena. En un mundo que celebra la expresión de uno mismo por encima de casi todo, esa capacidad se ha vuelto rara. Quizá por eso el texto de Dogen, aun filtrado por una lectura crítica, conserva una utilidad real: recordar que entrar en una vía no es ante todo afirmarse, sino aprender.
Serie
Dogen para practicantes de hoy
- 1 Dogen para practicantes de hoy
- 2 La cocina también es zazen
- 3 Cómo comemos dice mucho de quiénes somos
- 4 La disciplina de no hacer siempre lo que quiero
- 5 Saber más no siempre es comprender mejor
- 6 Aprender sin poner siempre el ego por delante
